The Minnesinger’s Sword de Richard Cullen

La Alondra de Hierro

Reinmar von Kaltenberg, oculto por el espeso humo, estaba sentado entre las sombras bajo la galería de trovadores. Tenía el laúd apoyado en las piernas y sus ojos grises observaban el caos del salón de banquetes. Tomaba nota de todo. Al fin y al cabo, ese era el motivo de su presencia. No tocar canciones para los ricos con sus copas. Sino descubrir todo lo que pudiese para su pagador.

Desde sus candeleros, las antorchas teñían las paredes de destellos amarillentos. Tres decenas de vasallos ocupaban las mesas largas, la mayoría tan ebrios que habían perdido el juicio. Bajo la mesa mayor, un mastín se peleaba con un perro de aguas por un hueso mientras los criados procuraban no pisarlos. Alguien había vomitado en la estera junto a la chimenea y nadie se había molestado en cubrirlo de paja fresca.

Lord Gerhard von Eberbach presidía el estruendo desde su silla tallada. Era un hombre orondo con una túnica manchada de vino y un brillo bermellón en la cara propio de alguien que no llegaría a los sesenta. Su esposa había muerto tres años antes. Sus hijos mayores estaban con el ejército de Luis, o de Federico. En los últimos dos días, Reinmar había escuchado que se habían aliado con ambos y con ninguno. Tampoco es que a Gerhard von Eberbach pareciera importarle mucho la guerra, pues reía por algo que había dicho uno de sus caballeros, escupiendo trozos de carne por la mesa.

Así era Renania en el año de Nuestro Señor de mil trescientos trece. Un imperio sin emperador, un reino que sangraba por mil cortes mientras dos hombres luchaban por quedarse el cadáver. Y aquí estaban los grandes y virtuosos. Dándose un festín.

Reinmar pasó el pulgar por las cuerdas del laúd para comprobar que estuviera bien afinado. La madera guardaba el calor de su cuerpo y resultaba tan familiar como una vieja cicatriz. El instrumento le había acompañado por la mitad de la cristiandad, entre el barro, la sangre y cosas peores, y nunca le había fallado. Tampoco lo había hecho su espada, apoyada en la pared de detrás, envuelta en un paño encerado para evitar que la hoja tomase orín en este húmedo país.

Una criada apareció junto a él, una muchacha delgada con un moretón en la mejilla y miedo en los ojos. «Mi señor dice que debéis tocar ahora, si os place».

«Me place», dijo Reinmar con una sonrisa que esperaba que la tranquilizara, y se levantó.

El salón pareció guardar silencio cuando salió a la luz de las antorchas. No enmudecieron, eso vendría después, pero bajaron la voz; habían oído el nombre y querían comprobar si la leyenda era cierta. Reinmar dejó que lo miraran. Que vieran cada uno de sus cuarenta y seis años. Tenía el cabello oscuro entrecano y el rostro curtido por décadas en el camino.

Se colocó delante de la mesa mayor para que Lord Gerhard lo viera bien y tocó el primer acorde. Eligió una antigua balada, compuesta a la manera de los maestros, Walther von der Vogelweide y Wolfram von Eschenbach. Trovadores cuyos nombres se convirtieron en leyenda mientras su arte moría lentamente. La forma estaba cayendo en desuso. Las ciudades de mercaderes ahora querían algo más liviano, cantares de astucia y comercio a la guisa de los meistersinger, en lugar del honor y el sacrificio del minnesang. Pero en estos salones, entre hombres que aún portaban espadas, las antiguas canciones tenían poder. Esta hablaba de caballeros condenados que cabalgaban por bosques otoñales hacia una batalla que no podían ganar, con pendones que brillaban bajo el cielo de tormenta y los corazones llenos de la gloria que no vivirían para ver. Reinmar la había aprendido de un trovador ciego en Vormatia cuando era lo suficientemente joven para creer que tales hombres aún existían.

Ya no lo creía.

Pero podía hacer que otros creyeran, y eso era mucho más importante que la verdad.

Su voz llenó el salón, un barítono grave que parecía ascender de las losas. Las palabras eran sencillas, como siempre, pero su tono encontró el dolor que la lengua no era capaz de reflejar. Cantó sobre hombres que sabían que cabalgaban hacia sus muertes y aun así lo hacían, no porque pensaban que fueran a ganar, sino porque el honor lo demandaba. Porque algunas cosas importaban más que la vida.

La sala se sumió en el silencio. Un silencio absoluto. Reinmar no miró a los que le escuchaban, un truco para que cada hombre sintiese que la canción estaba dedicada solo a él. No obstante, era consciente de todos los que estaban allí. En la mesa más lejana, las lágrimas surcaban las mugrosas mejillas de un canoso sargento. Cerca de la puerta, un joven escudero, que había olvidado que llevaba una copa en la mano, tenía los ojos tan abiertos como un niño. La cara porcina de Lord Gerhard, echado hacia delante en su silla, se transformó en algo casi noble por el hechizo de la música.

Los dedos de Reinmar se movían por las cuerdas y daban vida al instrumento. El laúd y la espada larga requerían la misma disciplina, las mismas horas de repetición, hasta que fuera innecesario pensar para hacerlos cantar. Había dado muerte a su primer hombre a los dieciséis y escrito su primer cantar a los diecisiete, y ya no sabía cuál le había robado más el alma.

La balada llegó al final: el último caballero cae, su sangre oscurece las hojas de otoño, su alma asciende a un cielo que se había ganado a base de sacrificio. Reinmar sostuvo la última nota, dejó que se desvaneciera en el aire cargado de humo y bajó la cabeza.

El silencio se prolongó durante tres latidos.

Después, el salón estalló.

Los hombres daban zapatazos en el suelo, golpeaban las mesas con los puños, aullaban su aprobación hasta que los perros se asustaron y las criadas se alejaron. Alguien tiró un heller que retumbó a los pies de Reinmar, otros siguieron, como una lluvia de plata. No cogió ninguno. Un ministril de su prestigio no recogía las monedas como un simple juglar.

En su lugar, Reinmar sonrió. De una forma que había practicado delante del espejo hasta que dejó de distinguir lo real del artificio. Hizo una reverencia, profunda y cortés.

«Me honráis, amigo», dijo a un caballero que le colocó una copa de vino en la mano. «Me honráis», dijo al escudero que tartamudeó una alabanza. «Me honráis», al sargento, al lugarteniente, a todo hombre que se le acercó con brillo en los ojos y lengua suelta por el vino. A todos los llamaba «amigo», esa palabra que no significaba nada y significaba todo, su escudo frente a una conexión auténtica.

Lord Gerhard se levantó de la silla a duras penas y bajó la tarima con cuidado. Era evidente que las rodillas le daban problemas. El salón volvió a silenciarse, a espera del veredicto del señor.

«Cuando la Alondra de Hierro habla», Gerhard recitó la famosa frase con placer evidente, «todo el mundo escucha. Pero cuando canta...», pausó para crear expectación, con un brillo en sus pequeños ojos. «Hasta Dios presta oído».

Reinmar inclinó la cabeza. «Mi señor me halaga más de lo que merezco».

«Los halagos implican falsedad», dijo Gerhard golpeando el hombro de Reinmar. «Y todo lo que digo es verdad. Quedaos otra noche, ministril. Mi salón es más pobre sin vuestra voz».

«Una lástima, pero el camino me llama. La maldición del errante. No podemos quedarnos demasiado tiempo en un mismo sitio, no sea que echemos raíces».

Gerhard suspiró, con evidente gusto por esta idea romántica. «Pues id con Dios, Alondra de Hierro. Y regresad a nuestro lado cuando vuestro camino os vuelva a traer al Rin».

Reinmar atravesó el salón, frenado por el gentío, las manos que querían agarrarle y las copas de vino que le tendían. Aceptó todo lo que le ofrecían con la misma sonrisa cálida, los mismos agradecimientos susurrados, la misma evasión de preguntas que no tenía intención de responder con honestidad.

«¿Dónde iréis ahora, ministril?».

«Donde me lleve el viento, amigo».

«¿Es cierto que habéis tocado para el mismísimo Luis?».

«He tenido el honor, aunque he de confesar que se inclina más por los cantares de caza que por las baladas de antaño».

«¿Y Federico? Dicen que cantasteis en su coronación en Bonna».

«Un ministril va allá donde es bienvenido, amigo. La política es para los señores, no para los cantores pobres».

Estaba cerca de la puerta cuando el muchacho lo interceptó.

Wilhelm tenía diecisiete o dieciocho años. Era el hijo pequeño de Lord Gerhard. Tenía los ojos pequeños de su padre, si bien no su corpulencia. Su cara estaba colorada por el vino y por la veneración que sentía hacia su héroe, sus palabras se atropellaban por el entusiasmo.

«Herr Reinmar..., quiero decir, maestro ministril..., quería deciros... que ha sido un placer, no, un honor, acogeros en la corte de mi padre».

«El honor ha sido mío, amigo». Reinmar agarró el hombro del muchacho y sintió sus finos huesos bajo el terciopelo. «Tenéis madera de buen caballero. Lo veo en vos. Servid a vuestro padre y, cuando llegue el momento, servid al emperador. A cualquier emperador que el reino elija. Ahí reside el honor».

El muchacho recordaría este momento durante años. Reinmar tenía esa certeza porque recordaba momentos similares de su propia juventud, cuando hombres de prestigio le habían hablado con amabilidad. Unos hombres cuyas palabras atesoraba como reliquias.

«Lo haré, herr Reinmar».

Una última sonrisa antes de que Reinmar le diese una palmada en el hombro y se girase para irse. Sintió que la culpa del engaño le ardía en el pecho, pero la enterró con la facilidad que da la práctica.

Durante los últimos dos días, Wilhelm le había contado muchas cosas que debería haber callado. Movimientos de tropas. Posiciones políticas. El nombre del primo Habsburgo que había visitado, en qué dirección había cabalgado, el tamaño de su guardia. El chico había confiado en él porque era la Alondra de Hierro, porque las leyendas eran dignas de confianza y los ministriles eran inofensivos.

Nada de eso era verdad.

El aire de la noche lo golpeó como el agua fría y borró los olores del humo, el sudor y el vino del salón. Reinmar se detuvo en el patio un momento, dejó que los ojos se adaptaran a la oscuridad y cruzó hacia los establos, donde lo esperaba su rocín. Un buen animal, sin colores ni marcas significativas, elegido específicamente porque nadie lo recordaría una hora después de que hubiera pasado. Con la misma filosofía elegía sus ropas, sus formas y todo en él, salvo su voz. Como no podía ocultarla, la usaba como arma.

El mozo de cuadra dormía sobre el heno. Reinmar ensilló el caballo en silencio, aseguró la bolsa de cuero encerada del laúd y guio al animal hacia la puerta trasera. Los guardas lo saludaron al pasar sin mayor interés y él inclinó la cabeza, sonriendo. Después de todo, era solo un ministril, que se marchaba como se marchan todos los de su oficio: almas inquietas, incapaces de permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio.

La máscara cayó al cruzar el puente levadizo. Detrás de sí, el castillo era una masa oscura bajo un cielo más oscuro, las luces de las antorchas parpadeaban en unas cuantas ventanas y los sonidos del banquete aún se escuchaban. Delante, el camino serpenteaba hacia el bosque, pálido bajo la luz de las estrellas, y ascendía por las montañas.

Vio la sombra antes de que se moviese.

Una figura se separó de la oscuridad cerca de un roble, a cincuenta yardas de los muros del castillo. Llevaba capa y caperuza y era de complexión menuda. Reinmar guio su caballo hacia ella y frenó.

«Ya era hora». La voz de la mujer era poco más que un susurro, pero le llegó clara en el silencio de la noche.

«El señor ha sido generoso con el vino. Habría levantado sospechas si me hubiese ido pronto».

«¿Y?».

Reinmar bajó del caballo y lo colocó entre él y el camino. Desde los muros, si alguien observaba, parecería que un viajero se había detenido a ajustar la montura, quizá a pedir indicaciones a algún criado.

«El primo Habsburgo vino hace catorce días. Cabalgó hacia el sur con una guardia de doce hombres de armas. Según el hijo menor del señor, se dirigían a Viena. Llevaba unas cartas. El muchacho no sabía qué había en ellas, pero vio los sellos. Arzobispo Enrique de Colonia. Duque Leopoldo de Austria. Duque Rodolfo de Sajonia-Wittenberg».

La mujer lo escuchó sin comentar nada. Bajo la caperuza, su cara era invisible, pero Reinmar notaba su atención como la punta de una espada.

«¿Algo más?».

«Rumores de una compañía franca de mercenarios que se reúne en los valles orientales. No tengo nombres ni números».

La mujer metió la mano en la capa y sacó un papel doblado, sellado con cera sin marcar. Reinmar lo cogió sin abrirlo.

«Órdenes nuevas», dijo. «Paso de Sternberg. Luis quiere que lo aseguremos antes de que cierre por las nieves del invierno. La burgravina se llama Mechthild von Sternberg. Es aliada de Habsburgo, pero está aislada. Su guarnición es pequeña y sus suministros, limitados. No va a recibir ayuda. Pero su posición es fundamental. ¿Sabes que se acerca la elección?»

«Claro», respondió Reinmar.

Todo el reino lo sabía. Con Enrique de Luxemburgo muerto por malaria o veneno, nadie parecía decidir por cuál, tenían que elegir a un nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Luis de Wittelsbach y Federico de Habsburgo se rodeaban ahora mutuamente como perros en torno a un hueso, ambos reclamando el trono, ambos esperando a que los electores lo hicieran oficial.

«El arzobispo Balduino de Tréveris apoya a Wittelsbach. Cuando se acerque el momento, deberá viajar a Fráncfort para emitir su voto. El camino atraviesa el paso de Sternberg. Ahora mismo, el camino está cerrado para él. Mechthild lo protege para los Habsburgo, y no tiene intención de permitir que pasen los partidarios de Luis».

«Y, si Balduino no puede llegar a Fráncfort, Luis perderá la voz de un elector».

«Así es. Y hay más. El conde palatino Rodolfo controla el territorio situado río abajo de Sternberg. Es hermano de Luis, pero lo detesta. Cree que es él quien tiene derecho a portar la corona, pero este derecho se ha visto... ignorado. Rodolfo apoya a los Habsburgo por puro resentimiento, y su alianza con Mechthild mantiene a todo el valle del Nahe cerrado ante la facción de Luis. Y este no puede proseguir con sus demandas con el Nahe cerrado. Es necesario abrir el Sternberg».

«¿Y los términos de Luis?».

«Abrir el paso. Diplomacia o fuerza, le da igual cómo, siempre que se haga antes de que lleguen las primeras nevadas. Cuando se complete, recibirás el adelanto usual, y tierras si las quieres. Como sabes, Luis recompensa a quienes le sirven».

«Luis recompensa a quienes tienen éxito», la corrigió Reinmar. «Quienes fallan tienden a caer en el olvido».

«Entonces, no falles».

«¿Y si la señora se niega?».

«Haz lo que mejor sabes hacer, Alondra de Hierro. Componle una canción que no tenga más remedio que escuchar. Y que Dios te acompañe..., amigo».

Dicho eso, desapareció, fundiéndose en la noche como si nunca hubiese estado allí. Reinmar se guardó la orden, subió al caballo y giró la cabeza hacia el este, hacia el viejo molino en el que cincuenta espadas esperaban a que les diese un propósito.

Y eso era justo lo que iba a darles.

Había trabajo por delante.

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