Miserere de Richard Cullen

El boyero

Los hornos de cal despertaron antes que la ciudad. Su humo flotaba por el barrio de los carpinteros como un manto amarillo que se depositaba sobre las capillas a medio construir, las hospederías y las oficinas de la curia que poblaban las calles. Arnaud de Vaucluse lo atravesó con la boca cerrada y la mirada en el camino, pero notaba la caliza en la garganta. En este lugar siempre estaba presente. El polvo de las ambiciones de Aviñón se había depositado en todas las superficies. En la piedra, la tela, en los pulmones de los necios que lo respiraban.

Aún no había amanecido, pero los canteros toscanos ya estaban trabajando. Los oía trabajar arriba, en los andamios pegados a la nave de la nueva colegiata, clavando pernos en el sillar recién cortado y gritándose en un dialecto florentino del que él solo captaba fragmentos. Estos italianos trabajaban rápido. Tenían que hacerlo. El arquitecto del papa Clemente cambiaba de idea como otros hombres se cambian de camisa, y lo que dibujaba en septiembre, se derribaba antes de marzo. La mitad de la ciudad eran andamios. La otra mitad, escombros.

Arnaud atravesó la plaza del cambio, en la que los cambistas ya estaban colocando las mesas a pesar de la hora. Sus voces cortaban la oscuridad. Gritaban los tipos de cambio en francés, italiano, flamenco y catalán. Una liturgia del cambio, más fervorosa que la que se escuchaba en las iglesias que se estaban construyendo.

Cruzó miradas con un comerciante que llevaba un gorro con ribete de piel, quien miró hacia otro lado. Buen instinto. La brigantina que Arnaud llevaba debajo de la capa no era el atuendo de un hombre que había venido a cambiar dinero.

Bajo sus pies, la calle era un caos de rodadas heladas y estiércol de caballo, y cuando las calles no desaguaban, se formaban charcos grises que apestaban en mitad del frío. Junto a él pasó un muchacho que dirigía a dos cabras, dándoles en las ancas con una vara de sauce. Los animales balaban, presa de la miseria. El muchacho no parecía estar más contento. Aviñón era generosa con los que podían permitirse su generosidad y despiadada con los que no.

Más adelante, después de las curtidurías, donde el canal de la Sorguette corría marrón y espeso, un grupo de mujeres aguardaba en una puerta cerca del palacio papal. Aún no estaban pintadas para el trabajo nocturno, pero se las reconocía. Pagaban impuestos, se las toleraba e incluía en los libros de cuentas de la Camera como cualquier otra fuente de ingresos.

El prestamista vivía en la ciudad vieja, al sur del palacio, donde las calles se estrechaban y los pisos superiores se inclinaban como si compartieran confidencias. Tenía una buena casa, de piedra en la planta baja y de madera en la superior, con postigos de rejas de hierro y una puerta que se había sustituido tan recientemente que aún olía a roble fresco. A Giraud el Lombardo le había ido muy bien. Y la Iglesia iba a cobrar lo que se le debía.

Arnaud estaba aquí en nombre del obispo Guillaume de Mornay, legado apostólico y sirviente de la Camera Apostolica. No se había abonado un estipendio trimestral y no se toleraba el retraso en los pagos. Ya había cobrado a Giraud, dos veces en el año anterior, y en ambas ocasiones la cuestión había concluido con nada más dramático que un intercambio de monedas. Este mandado era rutinario, el tipo de tarea que no exigía pensar y mucho menos tener conciencia. Solo presencia. Y presencia era algo que a Arnaud nunca le había faltado.

Se detuvo en la puerta y se ajustó el broquel que llevaba en la cadera, por costumbre, no por necesidad. El pequeño escudo redondo estaba donde siempre, junto con la espada caballeresca de su izquierda. Las placas de la brigantina se movieron en el pecho cuando giró los hombros. Le quedaba como la corteza a un árbol: en capas, compacta. Llenaba la puerta con su cuerpo. Siempre lo había hecho. Era una de sus cualidades más admirables.

Arnaud llamó a la puerta. Tres golpes deliberados con el pulpejo de la mano. Un criado abrió la puerta, un hombre delgado con un mentón hundido que, por su mirada, parecía que esperaba a otra persona.

«El señor de la casa no recibe visitas antes de...»

Se detuvo. Su mirada pasó del pecho de Arnaud a la mandíbula y los ojos, de la misma forma que miraría el muro de una catedral alguien a quien se hubiera pedido treparlo.

«Iré a buscarlo», dijo, y desapareció antes de acabar la frase.

Giraud apareció poco después, bajando las escaleras con las manos abiertas, con gesto de bienvenida. «Sir Arnaud. Amigo mío. Me honráis». El prestamista hablaba muy bien el francés, las vocales piamontesas se habían suavizado tras años en Aviñón, y empuñaba esa voz como una herramienta de su oficio, diseñada para tranquilizar a cualquiera. «Pasad, pasad. Justo le estaba diciendo a mi esposa, ¿no fue el mes pasado?..., le estaba diciendo que hacía mucho tiempo que nuestro amigo Arnaud no nos visitaba».

«Se ha retrasado el pago del estipendio del obispo», dijo Arnaud. No entró.

La sonrisa de Giraud se endureció un poco.

«Sí, es cierto. Lleváis razón. Estas cosas..., ya sabéis, las complicaciones de la temporada. Pasad, os lo ruego». Se apartó del umbral y gesticuló hacia el interior. «¿Una copa de vino? Tengo un borgoña tan decadente que haría llorar al mismo obispo. Un mal chiste, perdonadme. Entrad. Sentaos. Hablémoslo como hombres civilizados».

Arnaud entró. La casa estaba bien decorada, con un tapiz flamenco en la pared del recibidor, velas de cera de abeja de calidad en lugar de sebo, y alfombras turcas que cubrían cada palmo del suelo de madera. Giraud sirvió una copa de vino de una jarra de cerámica y la colocó en la mesa. Arnaud no la tocó.

«Debéis entender mi posición», dijo Giraud rodeando la mesa y sentándose en la silla de cuero. «La Camera demanda su parte, sí, pero no entiende lo complicado que es hacer negocios con este clima. Nos encontramos a merced de las circunstancias. Un cargamento genovés detenido en Marsella tres semanas porque un supervisor de puerto quiere que le unten las manos retrasa los pagos aquí. El roble de Compiègne al doble de precio que el pasado otoño reduce los pagos allí. ¿Sabéis cuánto cuesta ahora el roble, sir Arnaud?»

«No».

«El obispo tampoco, os lo garantizo. Nadie lo sabe porque a nadie le importa. Solo piden su dinero y envían...», se contuvo, sonrió y mostró las palmas de las manos. «Perdonadme. Envían a los hombres de mayor confianza a recaudar. El invierno ha sido cruel para el comercio. Cruel para todos nosotros. Soy un hombre de comercio, que presta a otros hombres de comercio. Pero, cuando ellos no obtienen beneficios, yo tampoco los obtengo. Y, si no los obtengo..., bueno, ya entendéis cómo funciona. Seguro que podemos llegar a algún tipo de acuerdo...».

«No hay acuerdos».

Los ojos de Giraud se desplazaron a la puerta detrás de Arnaud. Fue breve, un parpadeo, nada más, pero Arnaud lo captó. También escuchó el leve crujido de las tablas de madera de arriba y el ruido del cuero contra la piedra al pasar.

«¿Un poco más de vino?», dijo Giraud cogiendo la jarra de nuevo. «No habéis tocado el vuestro. Es verdaderamente excepcional. Un conocido de Auxerre me lo manda directamente. Nada que ver con la bazofia de los mercaderes, este es de...».

El primero entró por la puerta de la cocina. Un hombre de cuello ancho con un garrote que se colocó contra la pared. El segundo salió de la siguiente estancia. Era más alto, más delgado y llevaba una espada corta desenfundada y sujeta junto al muslo. Otros dos los siguieron desde la escalera y llenaron el pasillo. Un quinto hombre entró desde la calle detrás de Arnaud y bloqueó la puerta delantera.

Cinco en total. La cara de Giraud había cambiado. La calidez seguía ahí, pero debajo había algo más duro. La confianza de saber que la estancia había cambiado en su favor.

«Ya veis el brete en que me hallo, sir Arnaud», dijo Giraud colocando las manos sobre la mesa. «La Iglesia pide mucho. Demasiado. Yo solo soy un hombre modesto que intenta llevar un negocio honesto en tiempos difíciles. Seguro que lo entendéis. Seguro que podéis llevarle un mensaje a su Excelencia. Un mensaje de buena voluntad, de...».

«El obispo no acepta mensajes», dijo Arnaud. «Solo acepta lo que se le debe».

Giraud suspiró. «Entonces, siento haber desperdiciado vuestra mañana».

Arnaud no se movió. Estaba de pie y observó la habitación. El hombre de la puerta de la cocina era el más grande, pero estaba demasiado cerca de la pared. Necesitaría dar un paso completo hacia la estancia antes de poder golpear. El de la espada corta estaba mejor colocado, pero asía el arma con demasiada firmeza, incluso tenía los nudillos blancos. Estaba asustado o enfadado, o ambos. No sabía bien cómo eran los dos del pasillo, pero la puerta era estrecha. Entrarían uno a uno o no podrían hacerlo. El quinto, el de la puerta detrás de él, respiraba por la boca. Arnaud lo oía, corto y rápido, un hombre que se preparaba para hacer algo de lo que no estaba muy convencido.

No eran soldados. Eran fuerza bruta, hombres contratados para permanecer en habitaciones con aspecto amenazante, y se habían colocado más por intimidación que por función. Demasiado cerca entre sí. Bloquearían los ataques de los demás si se precipitaban a la vez. Contra un mercader, contra un tendero tembloroso que debiese tres meses de alquiler, habría sido suficiente.

Pero no se enfrentaban a un tendero.

Arnaud giró sobre el pie izquierdo; el broquel ya no estaba en la cadera y su filo de hierro golpeó en la nariz al que respiraba por la boca. El cartílago se rompió con un chasquido, como una rama al partirse. El hombre se tambaleó, mientras se llevaba las manos a la cara. Arnaud ya lo había pasado de largo. El de la espada corta era la verdadera amenaza, y se acercaba.

Arnaud paró la hoja con el broquel, desviándola, y dio un paso al frente para acortar distancias. Su espada caballeresca salió de la vaina con un tajo que abrió el antebrazo del hombre hasta el hueso. La espada corta retumbó en el suelo. Antes de que el grito hubiese acabado de formarse, el filo del broquel de Arnaud encontró su mandíbula y el hombre se desplomó.

Dos menos.

El grande del garrote se despegó de la pared con un rugido, asestando un golpe desde arriba. Arnaud se coló bajo el arco de su golpe, encajó el impacto del antebrazo del hombre en el hombro en lugar del garrote en el cráneo y clavó la empuñadura de su arma en el hueco blando bajo el esternón. El hombre se quedó sin aliento. Arnaud siguió con una empuñadura a media espada, la mano izquierda en la hoja, y le clavó el arriaz en la garganta. El garrote se cayó al suelo. Y su dueño cayó después, se agarró el cuello y emitió ese sonido de asfixia propio de una tráquea destrozada.

Los dos del pasillo se movieron juntos, y ese fue su primer error. La puerta los limitó a un espacio en el que solo cabía uno, y el primero se topó con un golpe de broquel en la sien antes de poder entrar en la estancia. Cayó sentado de golpe, con la mirada vacía. El segundo frenó su embestida, dándose cuenta de que tendría que saltar por encima de su amigo para acercarse a la pelea. Y ahora era el único que quedaba en pie.

Arnaud le dejó que se lo replanteara. Tardó dos latidos en decidir que las monedas de Giraud no valían lo que se le pedía y regresó por el pasillo con las botas retumbando.

El de la nariz rota se había arrastrado hasta la puerta, dejando un reguero de sangre en las alfombras turcas de Giraud. Consiguió abrirla y salió tambaleándose a la calle. El hombre grande seguía retorciéndose en el suelo, con la respiración convertida en un silbido tenue y desesperado. El de la espada corta estaba inconsciente.

Giraud no se había movido de la silla. Aún tenía las manos sobre la mesa, aunque había cerrado los puños en algún momento y no había vuelto a abrirlos. En su cara se reflejaba que había comprendido algo terrible, que su inversión en fuerza bruta no había dado frutos, y ahora le tocaba asumir la pérdida.

Arnaud enfundó la espada y volvió a colocarse el broquel en la cadera. «¿Sabéis cómo me llamo?»

Giraud parpadeó. «Arnaud. Sir Arnaud de Vaucluse».

«No. ¿Cómo me llaman?»

La garganta del prestamista se movió, la mirada cayó sobre los hombres que gemían en el suelo, la ruina de su contaduría, y cuando miró hacia arriba, en sus ojos había miedo.

«Le bouvier», dijo en voz baja.

«¿Y sabéis lo que significa?».

«El boyero. Por el perro ovejero».

«¿Por qué por el perro ovejero, Giraud?».

El prestamista tragó saliva. «¿Porque conduce a otros animales según las órdenes de su señor?».

Arnaud le mantuvo la mirada un momento más de lo necesario. Entonces asintió, como si un pupilo hubiera respondido correctamente a su tutor.

«El estipendio», dijo.

La boca de Giraud se movió, como si las palabras se formaran y murieran tras sus dientes, ya que ninguna era adecuada. Entonces se levantó, cruzó hasta el cofre de hierro de la esquina de la estancia y lo abrió. Las manos le temblaban al meter los denarios de plata en una bolsa de cuero, una tras otra, mientras el grande del suelo seguía con sus gemidos desesperados. Cuando Giraud terminó, le pasó la bolsa.

Arnaud la sopesó en la palma y la guardó dentro de su brigantina. «El obispo os agradece vuestra continua contribución a la obra de la Santa Sede».

No esperó a que Giraud le ofreciese nada más. Se dio la vuelta y dejó al prestamista para que se encargara del desastre.

Aviñón ya estaba despierta y el ruido lo envolvió al salir de la casa. Los martilleos de los canteros, los rebuznos de las mulas en el barrio de los tintoreros, un hermano franciscano discutiendo con un pescadero por el precio de las anguilas, el cántico rítmico de los trabajadores que arrastraban piedra en trineos de madera hacia el palacio.

Por encima, las campanas de Notre-Dame des Doms empezaron a tocar la hora. Arnaud las contó por costumbre, marcando el tiempo como hacía con todo, precisa y fielmente. No bajó el ritmo. El obispo estaría esperando sus monedas, y al obispo no le gustaba esperar.

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